jueves, 29 de noviembre de 2018

El comienzo del curso

Uno nunca sabe qué hacer el primer día de curso. Algunos ya han comprado el material, otros simplemente entramos con las manos vacías, sabiendo que nos caerá alguna que otra bronca de algún profesor, mas alea iacta est. Somos muchos los que incluso la segunda semana de curso aún queremos dormir cinco minutos más mientras pensamos en el inicio del verano, que tan corto nos ha parecido, a pesar de tener el carpe diem como lema (y un alter ego responsable que nos hace dejar de pensar en esas cosas y levantarnos de una vez de la cama). Nolens volens, todo es acostumbrarse y ponerle ganas (y si no, siempre existirá la alternativa de esconderse bajo el escenario del aula magna y pasar allí la primera hora de incognito). En ese caso, sería mea culpa tener un par de faltas sin justificar y alguna que otra dificultad en la materia.

Al comienzo de este curso yo tenía un poco de miedo. Bachiller es algo totalmente nuevo y voluntario, donde tenemos que tomar notas cum grano salis, y con tan sólo pensar en las pruebas de ABAU ya se me quitaban los ánimos por completo. Aunque sabía que la profesora de latín y griego, alias Magdalena, nos ayudaría lo máximo posible con cualquier problema que pudiésemos tener. Aunque si el problema fuese nuestra vagancia, tendría que aplicar un poco de manu militari... y si no, algo de trabajo extra para que nuestras ganas de esforzarnos empezasen a florecer (a pesar de que en caso de algún que otro alumno eso fuese a suceder ad kalendas graecas). Deo gratias, en mi caso algunas asignaturas como filosofía, griego et cetera, me animaron a empezar con buen pie con ese "sapere aude" que transmiten. Ergo, ahora, en noviembre, empezar las clases a las ocho y media ante meridiem ya no es tanto suplicio, sino algo que puede llegar a ser algo tan bonito como entretenido, ¡y más si falta el profesor a última hora y podemos acabar ante tempus!

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